La familia nos recuerda que somos seres sociales y que por este motivo nos interrelacionamos y necesitamos unos de los otros. La familia también nos recuerda que los conocimientos que de ella se adquieren, como primeras reglas del juego, la de distinguir el bien y el mal, se convierten después en pilares sólidos sobre los que construir una sociedad auténticamente humana.
Una sociedad sin valores es una sociedad sin referencia y siendo que la familia es la primera escuela donde se aprenden, ¿cómo se logrará conocerlos sin ella?
Durante el pasado Congreso Regional Familia y Sociedad celebrado en San Agustín del Guadalix, del 1 al 5 de Octubre, tuvimos oportunidad de profundizar en las ideas, los principios, y los valores que deben caracterizar a la familia y a la sociedad, y en otras muchas cuestiones acerca del papel de la familia y el ataque que se está haciendo a ésta como institución.
La EpC, Educación para la Ciudadanía, es un claro ejemplo de intromisión por parte del Estado, que no sólo busca la educación de nuestros hijos sino también su formación moral y de pensamiento, una labor que corresponde a los padres por derecho.
Resumiendo los 5 días de congreso me viene a la cabeza la célebre conclusión a la que llegó en su día Gary Stanley, Premio Nobel de Economía y profesor de la Universidad de Chicago, cuando declaró que “una sociedad no puede crecer ni desarrollarse si no se invierte en ella”. Una conclusión que nos resulta a todos evidente pero que tiene sus matices según el país del que estemos hablando.
Los principios socioculturales que están arraigados en nuestra sociedad gracias al destacado papel de la familia no son los únicos en peligro. También los religiosos y morales desde el primer momento que se pretende construir una sociedad sin valores, lo que equivale a decir una sociedad sin referencias.
Podríamos pensar que, frente a la desacreditación que se está llevando a cabo desde diferentes medios de comunicación sobre la familia, como eje vertebrador de nuestra sociedad, otra institución podría tomar su papel, pero ¿cuál sería la más adecuada? ¿Cuál sería la más correcta o, supuestamente, la mejor? Brillantes pensadores de nuestro tiempo aseguran que por la historia conocemos lo que ha sucedido cuando el Estado ha intentado suplantarla. Regímenes totalitarios, como el castrista, son un claro ejemplo de ello.
A lo largo de este I Congreso Regional hemos recordado el papel de la familia, su importante valor social y los lugares donde se hace más palpable, lo que la convierte en una institución insustituible.
La pregunta que nos surge a raíz de todo esto es saber si el Estado, por mucho que invierta, puede sustituir a las familias en la educación de los hijos en cuanto a principios y valores. La respuesta claramente es no. El Estado debe proteger los valores y los principios de nuestro modelo de sociedad basado en la civilización occidental, asegurando la libertad, y proporcionando la seguridad y la justicia necesarias para el bienestar de los ciudadanos y la evolución favorable de la sociedad, si bien no debe actuar en asuntos que son propios de las personas o de las familias, ya que éstas deben tener siempre la máxima libertad de elección.
Pese a que para algunos la falacia de que un árbol de plástico o unas flores artificiales pueden considerarse un jardín, para la inmensa mayoría es difícil imaginar un jardín de verdad sin plantas naturales. La diferencia tal vez estriba en que el árbol y las flores de plástico jamás darán el oxígeno necesario para la vida. Y es la gran diferencia.
